He tratado de hacer lo imposible, penetrar tu soledad, al aterrizar, solo la mía conversa conmigo, aun cuando estoy tan, tan cerca de ti. Llegas por las noches y, como raptor, escalas la barda de picos de vidrio y la enredadera de tallo endurecido, morado, de flores amarillas. Ángel, nunca te caes, creo que tienes alas en tus tenis de cuadritos. 

Tenías diecisiete, yo catorce. Fue por ti que aprendí a andar en patineta. Claro mi nivel siempre fue básico, el gliding era fácil, y a veces me salía uno que otro ollie. Tenías un tallercito de patinetas en un local abandonado al frente de tu casa y ahí estabas metido todas las tardes armando, lijando tus tablas en medio de una marea de polvo dorado. Yo te ayudaba a pintarlas, quedaban chidas. Las vendías en El Chopo, pero nunca me diste ni un peso. Me regalaste una. A la mía le imprimimos un mandala de estrellas y rombos. En el verano, todo el día navegábamos en la patineta. Tú hasta entrabas en torneos, donde había rampas cóncavas altísimas que te hacían volar por los aires y caer de nuevo, sobre tus llantas. Te levantabas con el sistema nervioso apagado. Nada te dolía. Pertenecíamos a una bandita de adolescentes urbanos, literalmente rodando por toda la colonia, y tú eras nuestro héroe. Cuánta agilidad y estilo en cada deslizamiento tuyo. 

Ángel, ¿por qué tu mamá te deja usar ese pelo ondulado tan, tan largo? 

Ángel, yo no quería salirme de la fiesta. No quiero entrar al coche de tu papá. ¿Por qué lo dejó estacionado hasta acá? Se lo van a robar. No me jales el vestido, tonto, se me va a romper. No sé cómo cupimos los dos atrás. De rodillas entre mis piernas, esa primera vez tocaste con tu lengua lo más íntimo de mí. Ángel, yo todavía estoy chica, Ángel, ¿qué me haces?

Aquel fin de semana, mis papás y hermanos se habían ido a Querétaro a visitar a una tía, y yo, aduciendo que tenía demasiada tarea, me había quedado con mi abue Lupita, quien dormía en su recámara en la planta baja de nuestra casa. Mi abue se echaba una Corona y se quedaba dormida en su sillón reclinable leyendo y abrazando a la Muñeca, su gata. Por eso no se dio cuenta cuando Ángel Huezo cada madrugada de ese fin subió a mi cuarto. Se podría decir que Ángel fue mi primer novio. Empezamos a andar, justo al otro día de que tuve mi primera ruptura amorosa, de Amanda, mi segundo amor. Ángel fue mi relación rebote. Empecé a dejar que se acercara a mí con más frecuencia e intensidad sensual cuando las cosas entre Amanda y yo comenzaron a vislumbrarse turbias. No porque nosotras quisiéramos, ella y yo nunca peleábamos. Amanda era un año menor que yo; tenía trece y vivía a dos cuadras de mi casa con su mamá y Manolito, su hermano menor. La veía seguido, su tío era compadre de mis papás y nos llevaba a nadar los sábados a un club deportivo de su trabajo. 

Con Amanda teníamos una relación mega intensa, aunque la fuerza amorosa recaía más en ella que en mí. En medio de mi incurable ingenuidad, percibía en ella la gravitas emocional de una mujer adulta. Además, con mi background católico, era demasiado cohibida, pero me dejaba querer. Fueron nuestras mamás, mejor dicho, mi mamá quien terminó la relación. Le empezó a preocupar que la mamá de Amanda, la señora Tita, nos llevara donde Emmanuel, su ex, que en la visión de mi madre eran antros. Aunque en realidad eran restaurantes donde se servía bebida alcohólica y se comían mariscos o cualquier otra cosa. La señora Tita y su exmarido, un supuesto diseñador de modas de Las Estrellas de Televisa, la venía a ver a veces y la invitaba a salir y se les hacía divertido llevarnos a nosotras. Mi mamá sola en la casa con sus otros tres hijos, sus ataques de pánico y teniendo que cuidar a la abuela, me dejaba ir; mi papá, el de siempre, ocupadísimo en el trabajo. Un día Amanda puso su mano en lo más oculto de mi piel, la dejé, intuí la suavidad de un misterio, íbamos con sus padres en camino a Arroyo, un restaurante en Insurgentes Sur. 

Amanda tus manos zarpas llegan a mi isla placer antes solo habitada por mi lover boy elephant plush que me ragaló mi madrina gringa.

Madre, duermes con los ojos abiertos. Mírame bien, soy tu hija ¿Por qué no me ves? ¿Por qué sucumbes a tus ataques de pánico? Te tiras al piso y te posicionas en cuatro extremidades. Parece que te quiebras, mamífera amada, con tu vestido hermoso de manchitas rojas. Yo y mis hermanitos te huimos sin comprender nada. Jadeando nosotros más que tú, le marcamos a la vecina para que venga y te prepare un té de tila que te calme los nervios. Tu comadre vecina te abraza y con palabras dulces nos devuelve a nuestra mamá, viva.

Las salidas con los papás de Amanda no eran frecuentes, pero significativas, al menos para mí, además me gustaba que los adultos nos dejaran tomar mojitos, que me hacían sentir enferma, pero importante. Amanda, a sus trece, tenía ya un repertorio de experiencia erótica mucho mayor que el mío. Obvio ya sabía besar. Yo nunca había besado más que al espejo y mucho menos sabía lo que era un beso de lengüita. Ella presumía asistir a reuniones, que entre risas nerviosas llamaba orgifiestas. Nadie le creía. Aunque sí, Amanda ya tenía relaciones cuasi íntimas con mujeres mucho mayores que nosotras, de veinte o veinticinco años incluso. Las había conocido a través de su papá, según me dijo —un día que fue al trabajo con él ahí estaba Irene, una de ellas—. A veces se quedaba de ver con sus amigas en un andén abajo del reloj en el metro Sevilla. Amanda era sumamente precoz. Además de fumar marihuana, no le importaba mucho la escuela. Su mamá decía que se escapaba e iba de pinta con sus amigos. La regañaba, pero no muy en serio. Yo era su torpe Némesis y ella mi apasionada Hubris. Y por opuestas, nos hicimos inseparables. Así es que aquella mañana de primavera, cuando me pidió que la acompañara al metro Sevilla, alegremente me fui con ella.

Me gustan tus senos de pezones oscuros, medio azules y lisos y les caen muchos chorritos de agua en el sauna, estás sudando, dices…y pones tu lengua entre el sudor y yo me acuerdo que la monja del colegio, la más joven, nos dijo que cuando nos bañáramos no nos miráramos el cuerpo. Así es de que te deje chupar y morder sin mirar hacia abajo. Me chupeteas mucho el cuello, pequeña vampira. Me lo dejas rojo lleno de flores lilas y no hay cantidad de maquillaje para cubrir flores tan marcadas. “Sofi, ponte la mascada de seda, la que te presté, la que me regaló Emmanuel. ¿Vas a venir a la natación el próximo sábado?”

El metro me asusta un poco, es porque vamos solas. Me  fascinan los vendedores que se ponen por todas partes y su algarabía. No me explico cómo adquirí tanta libertad inesperada. 

Encontramos a su amiga justo abajo del reloj. Irene como la llamó, y ella ya estaba algo enojada porque nos habíamos retrasado unos quince o veinte minutos. Por lo visto, la tal Irene era exigente con ella. Llegamos a su casa, un departamento pequeño en un edificio anticuado. Había flores impresas por todas partes, en las cortinas, en el mantel de plástico de la mesa de la cocina, en las agarraderas, en los edredones baratos, pero las más feas eran las de las cortinas del baño.

—¿Quieren un café o mejor cheleamos? 

Ahí estábamos con Irene cuando llegaron las otras. ¿Cuántas eran? Como cuatro, todas maquilladas en exceso y con uñas postizas larguísimas y chispeantes. 

—A lo que venimos, chicas —dijeron entre juegos táctiles y con cruda arrogancia.

 Me dan miedo sus uñas, Amanda… están muy filosas. ¿Por qué las saludas de beso? Saludas de beso a cada una con tu risita pendeja. Te odio porque tú también tienes miedo, pero finges control. ¿Cómo haces para esconder el miedo? Te rompes entre ridículos esfuerzos y te desvaneces entre ellas, te rompes y te integras a ellas, y a mí me ignoras, y eso duele… Eres parte de su ambiente. Yo soy solo una pieza de tu rompecabezas. Amanda, cuánto te necesito; sin ti siento que desaparezco.

Las chicas grandes casi de inmediato se empezaron a besar y a fajar en parejitas. En una de las camas matrimoniales Amanda se acostó entre aquellas diosas sin fineza, y las mujeres dejaron que mi amiga las manoseara divertida y sin recato. Amandita, como la llamaban, era su mascota. De pronto, tomaron una pausa para beber cerveza y darse otro toque. 

Yo, encerrada en el baño. No sé qué hacer con tanto miedo. No sé por qué vine. No te reconozco, Amanda. Pensé que tu único capricho era comerte el migajón de adentro de los bolillos. Refugiada en el baño, me pongo a ver aquellas sucias cortinas y me concentro en escuchar los ruidos de la gente que pasa afuera de la calle, tan cerca del metro. 

Al salir del baño Amanda me jala del brazo y nos empezamos a besar. Era la primera vez que estábamos en posición horizontal las dos juntas. Ese día fue cuando brotaron más rosetas moradas en mi cuello. No me quité nada de ropa y tú no me presionaste. Por la tarde, mi mamá y mi primo Zacarías no dejaban de observarme con sospecha a la hora de la comida. 

—¿No tienes calor con esa bufanda?

Amanda eres demasiado atrevida. ¿Por qué no soy como tú? 

—¿Y qué tal si llega tu mamá cuando estemos bailando y haciendo el striptease y eso de quitarse la ropa? 

—No va a llegar. Anda con Emmanuel, fue a ayudarle a probar vestidos a unas modelos de Televisa. 

Pero mi mamá, la mamá sin ataques de pánico tenía orejas y ojos por todas partes de su cuerpo. De hecho, mi mamá era un enorme ojo del cual crecía una gran oreja, como en un cuadro de Dalí. En su Persistencia de la memoria, mi mamá era un reloj derritiéndose cada segundo, midiendo mi tiempo. Además, tenía memoria de “Funes el memorioso” y recordaba cada palabra, cada cita, cada letra y empezó a sospechar… y se convirtió en detective privado y el Zacas su inseparable ayudante se la pasaba oyendo mis conversaciones en la extensión de arriba. 

Me dejaron prepararme para la gran orgifiesta del striptease, aunque ya conocían la logística de los planes: a quien le tocaba quitarse la ropa y bailar desnuda para las amigas de Amanda, era a mí. 

La mañana que nos habíamos visto en el departamento de Irene, las chicas grandes ya habían empezado a hacerme grooming. Querían que me sintiera en confianza para hacer striptease, pero no lograron que me quitará más que la blusa. Les gustaba cómo bailaba, mi papá me llevaba a clases de ballet dos veces por semana. Así que esa tarde la presión era doble, tenía que improvisar movimientos sugerentes y quitarme la lingerie enfrente de todas ellas. Dijeron: “solo cierra los ojos y no pienses en nada déjate ir y enséñanos lo bonita que eres. Dice Amandita que tienes los pezones azules”. 

—¡Bailas bien, Sofi, te vamos a meter en nuestra coreografía! 

—¡Súbele, Irene! Dim all the lights sweet darling ‘cause tonight it’s all the way…heey baby!

—¡Tita, ábreme! ¡Soy yo, la mamá de Sofia, ding, ding, ding!

Tontamente Amanda abrió la puerta y de entre las tinieblas surrealistas de la pintura gigante oreja de Dalí emergió la Madona Sixtina con los ojos extraviados de enojo a buscar a su cría. Empujó la puerta y se metió sin pedir permiso. 

—¿Para qué abristes, idiota? —dijo Irene. —Ya nos llevó la chingada. ¿Quién es esta pinche vieja loca? 

—Es mi mamá. 

—No manches, ¿tu mamá?, ¿es neta?, ¿todavía le haces caso a tu mamá, niñota boba? 

Mi mamá, reloj derretido, no les dijo nada, solo se dirigió a mí: 

—Sofía, ¿dónde está la blusa? ¡La quiero, ipso facto! —Ipso facto, su palabra preferida—. Tu blusa blanca de puntitos negros, la que te regaló tu madrina —dijo—, perlada en sudor. 

No hubo ninguna amenaza. Nada. Solo le importaba la blusa. Cuando una de las chicas grandes devolvió mi blusa, me la puse completamente humillada y me salí de la fiesta caminando atrás de mi mamá, derrotada, pero aliviada de no haberme quitado más ropa. Ese día, mi primo Zacas estaba feliz, era por mucho el consentido de mi mamá y estaba loco de felicidad de que me hubieran cachado haciendo algo.

Ángel, adoro como besas, gracias por no estar de obsesivo con mi cuello y marcarlo como territorio de tu propiedad. Amo en tu abrazo eso ardoroso que me pegas a mis jeans rojos, por fin mi mamá me dejó usarlos, aunque sean llamativos. Ángel, ¿por qué no me puedo despegar de ti?

Lo que pareció muchísimo tiempo después, volví a ver a Amanda. Yo ya estaba por salir de la prepa, de mi escuela de monjas, el Instituto Esperanza. Mi amiga ya tenía un negocio que su papá le había ayudado a empezar. Vendía ropa, según ella, de marca. Y ya tenía coche, es decir, ya manejaba aunque solo con la licencia de Dios. Conducía un Mustang negro nuevecito que su papá le había comprado. Nos vimos en un Sanborns y me di cuenta de que yo la seguía admirando, por su osadía. 

Años después, en uno de mis viajes a la Ciudad de México me enteré por su mamá que “a Amandita me la secuestraron, hace mucho que no sabemos de ella. Gana un buen billete en su negocio, pero no sabemos qué le pasó. Tiene su boutique en el centro, pero se la vaciaron. Pensamos que la levantó alguien de la familia de su papá. Mija, llámala, trata de contactarla por el Face, es buena persona pero es súper inquieta”. 

Ángel quiero entrar al jardín de la esquina a coger naranjas. Con tanta lluvia han de estar bien dulces. Ayúdame a trepar las piedras no me quiero caer y rasparme de vuelta los muslos. No te acuerdas que en la mañana me caí de la patineta. No sé por qué mi mamá me obliga a usar vestido. Odio a mi mamá. Te extraño tanto, Amanda… abuela, tuve un sueño, Amanda te ahogabas en lo hondo de una alberca… y yo parada en la orilla miraba y te decía algo mudo que se me atoraba en la garganta.

Imagen tomada de Pinterest.

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Escrito por:paginasalmon

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